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..Los grandes líderes de la historia sólo mueren en la mente de los enemigos
 del pueblo  y la Gran Prensa ..
 
 La última muerte de Tirofijo*

- Ciencia ficción_
 
De DANIEL SAMPER PIZANO
 
Fotos de archivos de Prensa Visur

El compañero Rogelio vio que el sol empezaba a alumbrar por entre los guásimos y le pareció extraño que a esa hora no se hubiera levantado aún el Jefe. La sombra de las tórtolas brincaba en las ramas y los loros aumentaban el bullicio de sus chillidos. Eran casi las seis, y el Jefe solía asomarse a la puerta del cambuche pasadas las cinco, ya con la toalla amarilla colgando del cuello, para pedir una taza de café oscuro. Discretamente, el compañero Rogelio apartó la cortina cosida con costales y encontró que el Jefe dormía a pierna suelta. 'Es ya mayor, y estará cansado', pensó. Reacomodó el fusil en el hombro y se alejó unos pasos de la cabaña a fin de oír las noticias en su radio de transistores. A veinte metros de distancia varios compañeros prestaban guardia. Uno de ellos mordisqueaba un tallo y otro sacudía el barro de las botas apoyado contra un tronco.

Llevaban casi una semana en este lugar de la selva al que conocían como el Punto 14. La radio informaba sobre resultados de fútbol, y Rogelio pegó la oreja al aparato. El América había empatado con el Nacional en el estadio Atanasio Girardot de Medellín. Hizo un gesto de moderada satisfacción. No era un mal resultado. Ahora la radio daba cuenta de asaltos y siete muertos en combate entre la guerrilla y el Ejército. Había ocurrido lejos de allí, en el Frente VIII, por el piedemonte llanero. Después anunció un nuevo disco de Shakira.

Terminadas las noticias, volvió a asomarse a la puerta del cambuche. El Jefe seguía en la misma posición en que lo había visto más de media hora antes. Rogelio empezó a barruntar que algo raro sucedía. Estuvo tentado de despertarlo, pero prefirió buscar a alguno de los comandantes. Acudió adonde se hallaban sus compañeros de guardia, les recomendó que vigilaran la puerta y se marchó hasta una cabaña vecina, donde reposaban Jorge y el Gordo, miembros del secretariado. Los encontró levantados, tomando café, y les informó la novedad.

Los dos dejaron las tazas de aluminio y caminaron apresuradamente hasta la choza.

El Jefe permanecía inmóvil en el recinto semioscuro; vestía camisa blanca y pantalones verde oliva, pero, como lo hacía siempre para dormir, se había desprendido de las botas de caucho. Reposaba en un colchón de paja, sobre el piso de tierra. En una banqueta improvisada se hallaban el sombrero de llanero y la toalla amarilla. Tenía vuelta la cara hacia la techumbre, los ojos cerrados y apretada la boca.


El Jefe seguía en la misma posición en que lo había visto más de media hora antes. Rogelio empezó a
 
barruntar que algo raro sucedía ...
 
 

Tan pronto como lo atisbaron desde el umbral de la enramada, los dos comandantes entendieron que las cosas se habían complicado.

-No me diga -exclamó Jorge, con más resignación que sorpresa- que volvió a morirse Tirofijo.

* * *  Tirofijo, el guerrillero más viejo del mundo, había muerto por primera vez a mediados de 1948 en Ceilán, una vereda del Quindío, cuando llegó a su casa un piquete de policías que andaba cazando liberales. Semanas antes había sido asesinado en Bogotá el líder de izquierda Jorge Eliécer Gaitán y las turbas, impulsadas en parte por venganza y en parte por hambre, habían incendiado la ciudad. El gobierno conservador entendió que era necesaria una purga de enemigos, y dio orden de empezar por los campos. En esa época Tirofijo se llamaba Pedro Antonio Marín, acababa de cumplir dieciocho años y tuvo que escapar con padres y hermanos por el rastrojo para que no los colgaran de una ceiba. Cuando saltó de último por una ventana, a fin de dar tiempo a su familia para que se escabullera entre los cafetales, un uniformado le tiró un viaje de machete al pescuezo que falló la presa por pocos centímetros y se incrustó en la madera del marco.

Fue la primera vez que conoció lo que era esconderse, la primera vez que vio un machete de trabajo convertido en arma y la primera vez que estuvo a punto de morir. De hecho, como tardara algunas horas en aparecer en el playón del río La Vieja donde se habían citado, la familia alcanzó a pensar que no había salido vivo de la casa.

En aquel tiempo la violencia se extendió por los campos de Caldas, el Tolima, el Huila y Sumapaz. Los campesinos terminaron juntándose para defenderse, y el gobierno, que había participado en la guerra de Corea con un batallón que llevaba el nombre de Colombia, consideró que podría acabar con los focos de resistencia campesina tratándolos como a coreanos. Marquetalia y El Pato fueron bombardeados. Murieron muchos. Entre ellos, por segunda vez, falleció Tirofijo.

* * * Siguiendo instrucciones de los comandantes ('¡Poeta, se me va ya y busca al Dóctor!') Rogelio corrió por la trocha hasta la tienda donde se agrupaban los servicios sanitarios para guerrilleros heridos y enfermos, y ubicó a un hombre de gafas y barba entrecana.

-El Jefe ha vuelto a morirse, Dóctor -le dijo en voz baja.

El Dóctor agarró el maletín y salió tras él. El cambuche del Jefe estaba un par de kilómetros en medio de la manigua, y aunque la temperatura había subido hasta hacerlos sudar y el sol ya alumbraba por encima de las copas de los guásimos, Rogelio sintió frío. Tres años antes se había incorporado a la organización, después de merodear sin éxito por Cali en busca de trabajo como tipógrafo, pero aún no se acostumbraba a la vida silvestre. De noche oía aletear los chimbilás, que eran capaces, según leyenda, de sorber la sangre de un hombre dormido antes de que pudiera despertarse. Cuando caminaba temía pisar un alacrán rojo, cuya mordedura intoxica en siete minutos el corazón de la víctima, o rozar con la mano una culebra cuatronarices, de las que dicen que hunden a su presa en un sopor paralizante que se prolonga durante días. Le aseguraban que cada año muchos colonos, convertidos en momia efímera por la mordedura, eran enterrados vivos. Alguna vez vio agonizar a un compañero alcanzado por la saliva de la rana kokoi, un pequeño batracio azul cuyo escupitajo envenena irremisible y fatalmente. Asustado por el oscuro ulular de la selva nocturna, Rogelio a menudo echaba de menos las calles de la ciudad. A pesar de todo, no habría regresado nunca a ellas. El Jefe le había cogido simpatía y, por su afición a escribir versos, lo apodaba El Poeta.

Habían llegado al caney. Entre los compañeros reinaba cierta zozobra, y algunos fumaban nerviosamente, cosa que estaba prohibida a los que hacían imaginaria.

-Entre, Dóctor, que está quietico sobre el colchón -le dijo.

El Dóctor apartó los costales y entró. Los dos comandantes no habían procurado reanimar al Jefe con masajes cardiacos, pese a que, como todos los guerrilleros, recibían instrucciones periódicas de primeros auxilios. Sin embargo el Gordo había sentado el cuerpo exánime en el tendido y lo sostenía con dificultad mientras Jorge fracasaba en el intento de darle un vaso de agua.

El Dóctor le tomó el pulso y auscultó el corazón con el estetoscopio. Luego arrimó el oído a la nariz esperando escuchar algún leve resuello. Rogelio miraba todo desde la puerta.


  
....La comisión se retiró con la idea de que Tirofijo ahora sí podía estar muerto, pero hubo un pacto de silencio entre la ministra, el diplomático, el doctor Infante...

-¿Entonces qué? -preguntó el Gordo al cabo de unos minutos.

El Dóctor hizo un gesto inquieto.

-No tiene pulso, actividad cardiaca, ni me parece que respira. No podría asegurar nada. Volvamos a acostarlo y esperemos.

-¿Será que esta vez sí se murió el Jefe? -preguntó Jorge, ahora con una sombra de preocupación.

* * * La segunda muerte de Tirofijo había ocurrido durante aquellos bombardeos de Marquetalia. Las riberas del Atá, en las estribaciones del nevado del Tolima, se convirtieron en una pequeña Corea. Pedro Antonio Marín, hasta entonces un campesino insurgente, se incorporó de manera definitiva a un grupo armado. Cambió el azadón por el fusil, se hundió en la clandestinidad y adoptó un nuevo nombre. Escogió llamarse Manuel Marulanda Vélez, en homenaje a un combatiente popular, y el labriego Marín dejó de existir para el mundo.

Unas semanas después dirigía su primera emboscada, en la que murieron nueve reclutas. Manuel Marulanda disparó con tanto acierto sobre los soldados atónitos que los muchachos del grupo lo bautizaron Tirofijo.

* * * -Aquí hay sapos, no lo duden -comentó iracundo el Gordo cuando los noticieros de la noche informaron que en la selva corrían rumores frescos sobre la muerte de Tirofijo.

-No sé cómo pueden hacerlo -dijo Jorge-. Los teléfonos celulares están prohibidos y el equipo de internet lo maneja gente de confianza.

-Como quiera, pero hay sapos. Infiltrados del Ejército, seguramente.

Las emisoras de Bogotá divulgaban la noticia cuando no habían pasado ni doce horas desde que Rogelio entrara al cambuche y descubriera que el Jefe no se movía, que estaba con la mirada perdida en la techumbre de palma, pero sin mirada.

Los periodistas presentaban las reacciones al rumor, que iban desde las muy escépticas -'Es un truco de la guerrilla para sembrar confusión', decía el presidente del Partido Conservador: 'cada cierto tiempo está muriendo Tirofijo'- hasta las precavidas: 'hay que ver', 'es preciso comprobar', 'no tenemos confirmación'.

Entre estas últimas estaba la del Presidente de la República, que contaba con Tirofijo para un nuevo e inminente plan de paz.


  
...Fue la primera vez que conoció lo que era esconderse, la primera vez que vio un machete de trabajo convertido en arma...

-Poeta -llamó Jorge-. Hay que hacer un comunicado. Pero no le meta verso a la vaina, ¿me entiende? Diga simplemente que una vez más la oligarquía pretende dar muerte al Comandante en Jefe, como lo hizo antes cinco veces...

-Seis -corrigió el Gordo.

-Escriba seis, pues, y diga que, como ha ocurrido antes, el Comandante resucitará de la mentira porque él es inmortal ante ella, como la revolución, y todo eso.

-¿Y si está muerto? -arriesgó Rogelio.

-¡Qué va a estar muerto, no joda! Algún bicho lo picó, la cuatronarices o un alacrán. Mírele la cara y dígame si esta es la cara de un hombre muerto. Claro que no.

Rogelio echó una rápida mirada al Jefe. Lo encontró igual a siempre. Era un rostro mestizo, macizo, malicioso y enigmático. Los párpados cerrados no permitían ver los ojos, pero, de haberlos abierto, seguramente habrían brillado con un resplandor de picardía. Decían que no reía nunca, pero Rogelio había estado presente en San José del Guaviare, cuando, en un proceso de paz ya enterrado, se despidió de los periodistas diciendo:

-Bueno, me voy, porque está oscureciendo y dicen que por aquí hay mucha guerrilla.

Rogelio no pudo menos que sonreír al recordarlo.

-¿Qué es la risa, huevón? -le increpó el Gordo-. Vaya y escriba el comunicado.

* * * El comunicado oficial de la organización, difundido a través de internet, se titulaba 'MUERTO OTRA VEZ TIROFIJO', y hacía mofa de los rumores. 'Muy pronto -agregaba- el Comandante en Jefe aparecerá de nuevo en público para desmentir las infames especies'. La expresión 'infames especies' era una aportación de Rogelio, que la había aprendido cuando su padre, que también había sido tipógrafo, leía en voz alta a sus hijos los editoriales de la prensa liberal. El texto del comunicado repasaba las últimas muertes falsas de Tirofijo y las atribuía a la oligarquía, el Ejército y la embajada de Estados Unidos. Mencionaba, así, la noticia que circuló el 18 de marzo de 1995, cuando una cadena de radio reventó una exclusiva según la cual el comandante guerrillero había pasado a mejor vida en plena selva por una falla en el marcapasos. Era la quinta muerte.

También hacía referencia a un boletín apócrifo de los paramilitares emitido a fines del 2001 donde se aseguraba que Tirofijo había sido 'dado de baja en combate en los llanos del bajo Yarí por el Frente IX de las Autodefensas Unidas' y anunciaba que, en prueba de ello, se estudiaba entregar sus manos a una comisión de la ONU. La sexta muerte.

Como en las anteriores ocasiones, la prensa había recogido con estrépito la noticia del 2001. Los telediarios recuperaron viejas imágenes del comandante desaparecido; los diarios publicaron editoriales sobre el caudillo al que imaginaban en las entrañas de la vorágine, sepulto pero incompleto; las revistas analizaron contextos y proyecciones; el gobierno expresó que había llegado el momento de un viraje patriótico a favor de la paz; los industriales pronosticaron una nueva etapa; un novelista anunció que escribiría un libro de cuentos titulado Las muertes de Tirofijo, la directora del Museo Nacional exigió a la guerrilla que entregara la toalla amarilla del difunto como prenda de 'nuestra turbulenta historia reciente'.

Al decir turbulenta quiso decir que en los últimos años la guerrilla había dado muerte a cientos de personas (entre ellos numerosos civiles), secuestrado a más de cuatro mil ciudadanos, obtenido participación en la ventas de coca y amapola, extorsionado finqueros, atentado contra personajes nacionales y declarado 'objetivo militar' a todos los alcaldes del país.

Siguiendo a Bolivar!
  
..Manuel Marulanda disparó con tanto acierto sobre los soldados atónitos que los muchachos del grupo lo bautizaron Tirofijo ...

Veinte días más tarde, Tirofijo -vivito y moviendo las manos con pleno desembarazo- concedió una entrevista para la televisión francesa, en la que exhibió con sorna recortes de prensa sobre su fallecimiento. En esa misma entrevista reveló que el día que lo 'mataron' estaba trepando monte con su gente por las cumbres de La Plata, a trescientos kilómetros del bajo Yarí. Cuando la reportera le preguntó qué era lo que más deseaba, no habló de la revolución: contestó que ver una buena película. Llevaba más de cuarenta años sin ir a cine.

* * * La séptima muerte de Tirofijo desató el mismo furor de prensa, pero el gobierno se mostró cauteloso. De aquella mañana en que Rogelio lo encontró inmóvil habían transcurrido seis días cuando, de común acuerdo y dentro del mayor sigilo, llegó a la selva un enviado de paz oficial. Expuso al secretariado que tanto el Presidente como la embajada de Estados Unidos querían verificar si el Jefe estaba vivo o muerto. De no colaborar en ello, el gobierno se negaba a adelantar diálogo alguno y la embajada prometía bañar de glifosfato la selva entera hasta pelar la última planta de coca. 'Y ustedes saben -agregó el enviado a sus interlocutores- que los gringos no se ponen en pendejadas'.

-Concretamente, ¿qué es lo que quieren? -preguntó Jorge.

-Que permitan que un médico escogido por el Gobierno y la embajada examine el cuerpo del señor Marulanda Vélez.

Los altos mandos pidieron unas horas para decidir. Consultaron con el Dóctor, que se hallaba perplejo, pues si bien el cuerpo permanecía incorrupto, circunstancia insólita en semejantes calores tropicales, no ofrecía la menor reacción vital. Dos médicos más y un dentista procedentes de frentes guerrilleros vecinos habían acudido a aconsejar al Dóctor y su situación era la misma: se debatían entre la evidencia clínica y la fuerza de la leyenda.

-A lo mejor es bueno que lo vea un especialista extranjero -dijeron al final.

* * *

El compañero Rogelio oía radio la mañana en que llegaron al cambuche del Jefe, siempre de manera clandestina, la ministra de Relaciones Exteriores, un agregado de la embajada de Estados Unidos, el enviado de paz y un médico de Washington. Descendieron en helicóptero en una rastrojera de Las Delicias y anduvieron dos horas en mula por la manigua guiados por guerrilleros antes de aparecer en el Punto 14. Había diluviado y los visitantes estaban de barro hasta la camisa.

El médico se llamaba Rooselvet Infante, y era cubano-norteamericano. El Gordo quiso indignarse por lo que consideró una ofensa de los gringos, pero lo calmó Jorge.

-Dejalo, que si el tipo sabe, nos importa un carajo de dónde viene.

Infante examinó al Jefe ante la vista del nutrido grupo y con la asistencia del Dóctor. Practicó reiteradas pruebas, aplicó al pecho aparatos electromagnéticos y lo auscultó con equipos que los médicos guerrilleros no habían visto nunca. Al cabo de cuarenta minutos se quitó el fonendoscopio y dijo con acento entre caribe y anglosajón:

-Este caballero parece vivo. Pero está muerto.

-¿Cómo va a estar muerto si se mantiene intacto? -opinó el Dóctor-. Puede ser la picadura de un bicho, una catalepsia, algo así.

  
La directora del Museo Nacional exigió a la guerrilla que entregara la toalla amarilla del difunto como prenda de 'nuestra turbulenta historia reciente'..

-Yo creo más bien que se trata de un caso de incorrupción. En determinadas circunstancias climáticas, ciertos organismos se resisten a deteriorarse aunque estén muertos. Ha ocurrido, por ejemplo, con algunos santos, cuyos cuerpos no se destruyen con el tiempo.

La ministra de Relaciones Exteriores, que era muy católica, no resistió más:

-¿'Santo'? ¡Por Dios, doctor Infante, no diga bobadas! ¿Cómo puede llamar santo a este hombre que se ha aburrido de pecar?

La comisión se retiró con la idea de que Tirofijo ahora sí podía estar muerto, pero hubo un pacto de silencio entre la ministra, el diplomático, el enviado de paz y el doctor Infante. Era mejor esperar, no fueran a equivocarse de nuevo.

Cuando se alejaron, dejando al Jefe completo pero insepulto, el Gordo se derrumbó.

-Aquí sí que nos ganaron de largo, oiga. Acabamos en manos de un agente del Departamento de Estado.

Jorge, en cambio, estaba radiante.

-No entendés nada, mano -le dijo al Gordo-. Si un médico gusano mandado por los gringos dice que está muerto, es porque el hombre vive, ahora sí estoy convencido. Lo que sufre es alguna de esas vainas que dice el Dóctor.

A partir de ese momento, ocho meses hace, el Dóctor duerme y come en el mismo cambuche al pie del Jefe. Tiene órdenes de no separarse de él, para asistirlo tan pronto como termine la última muerte de Tirofijo.

Afuera, el compañero Rogelio, un poco inquieto, ve llover sobre los guásimos y percibe el aleteo mojado de los loros. Todas las mañanas oye las noticias de radio. Anoche América volvió a empatar como visitante, pero esta vez contra Deportes Tolima en el estadio de Ibagué. Tampoco lo consideró un mal resultado.

* En el Pais de España

Daniel Samper Pizano

Nació en Bogotá en 1945. Es periodista desde los 19 años, cuando entró a trabajar en 'El Tiempo', periódico al cual sigue vinculado. Ha sido editor, columnista, autor de más de 25 libros, guionista de televisión y cine, y profesor universitario. Es abogado, 'master' en periodismo por la Universidad de Kansas y Nieman Fellow de la Universidad de Harvard. Tiene premios de periodismo de Colombia, América y España, entre ellos el Maria Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, y el Premio Rey de España. Desde 1986 reside en Madrid.

 

 
"....Pastrana le mintío al país
Durante los tres años y medio del proceso de diálogos hacía la paz entre Gobierno-FARC-EP,
el mismo Comandante en Jefe de las FARC, en persona destino tiempo suficiente para
atender distintas entrevistas con Camilo Gómez, para plantarle la conveniencia política de buscar
el Canje de prisioneros de las dos partes. Estas entrevistas resultaron infructuosas porque
el Comisionado para la paz, en representación del Presidente de la República, afirmó categóricamente
en distintos encuentros que ni en su Gobierno ni en el entrante, habrá Canje de Prisioneros.
Igualmente son tendenciosas y falsas las  afirmaciones del Comisionado sobre supuestas
propuestas para darle solución al problema de los prisioneros....
 
De la Comisión Internacional de FARC
 

Pastrana salío con el rabo entre las piernas         


Al cumplirse un año del primer incendio de Vallecito: 

 LA VIDA CABALGA SOBRE  LA SAN LUCAS EN RESISTENCIA

Por, el maestro Alejo.

 

            La Muñecona estaba lista, había nacido del trabajo mancomunado de los trabajadores de Vallecito y El Diamante del Sur de Bolívar, ella como toda mujer alegre y candente lucía en sus orejas unas enormes candongas que rompían con la simetría de la cara que por cierto era muy simétrica.

 

            Se construyó con las manos de todos y de todas, con alambre de aquí, con pedazos de tela de allá, hasta la Santo Domingo aportó el barro con que se moldearía la cabeza, de aquella enigmática mujer de mirada fija y coqueta, boca sonriente y senos pronunciados como la Teta de San Lucas, y unas polleras que nada tenían que envidiarle al pavo real, pues eran tan largas y coloridas que sirvieron de velo al flaco Congo, quien la animaba sin rumbo fijo por las empolvadas calles del caserío.

 

            Recuerdo que me salvé de un garrotazo en la cabeza, pues en el instante del golpe me agaché para dar paso a la mano descoyuntada que en medio de la danza giraba frenéticamente con la intención de golpear a borrachos que impávidos observaban boquiabiertos a aquella singular mujer.

 

            Cansada por el baile y ebria de champeta, vallenato, porro y aguardiente, paró su galopada danza para quedar estupefacta como todos los pobladores ante las formas y colores que emanaban de los juegos pirotécnicos, jamás vistos por los ojos de pequeños y grandes en 30 años de vida del caserío.

 

            Al final, apareció una estampita con la imagen de la patrona, La Virgen del Carmen a quién estaban conmemorando aquel 16 de julio del 2000.

 

            Apagada la última llamita y como por arte de magia en estos pueblos impregnados y salpicados por la costa, se encendieron los equipos a todo taco con la canción de moda La Camisa Rayá, la que para fortuna de cachacos y costeños sonaba en dos versiones, champeta y vallenato. Las cantinas fueron el escenario de encuentro de todo mundo que convocados por la pegajosa melodía bailaron hasta la mañana siguiente.

 

            Cuentan los mirones, que en un arrebato, la negra Candela le ripió la camisa a Don Polito que como siempre estaba pasado de cola y quien como un trompo tatareto zapateaba al ritmo del himno de moda en la singular pista de la caseta El Bunker.

 

            Recuerdo que días atrás, vinieron muchos Embajadores y se conformó la Comisión de Países Amigos, como también recuerdo bien clarito que recientemente el ELN estaba cumpliendo 36 años de lucha y que para la fecha colectivamente hicieron un mural donde aparecían los Comandantes Camilo Torres Restrepo y Manuel Pérez Martínez, a propósito de la reunión de los jefes Elenos con los Obispos de la Diócesis del Magdalena Medio.

 

            Paradójicamente mientras esta reunión la iniciaban con una oración por la vida, a pocos kilómetros de allí, los paramilitares hacían blanco contra los indefensos pobladores de las veredas aledañas a El Paraíso. Justo a las 3:00 p.m. culminó la reunión con los obispos y a la hora de la partida, la mirada profunda de Manuel que hacía eco con el ceño fruncido de Camilo al paso de la Comitiva frente a ellos como si quisieran avisar lo que estaba pasando o sencillamente recordar a los curas la esencia y compromiso de todo cristiano con los pobres de este país, mi país. El helicóptero se elevó, como también el ruido de las turbinas se silenciaban con nuestras ráfagas defendiendo la vida a la distancia.

 

¿Qué pasó? Preguntaba la gente. Ayer estábamos de fiesta. Diomedes cantaba con su coro a la Virgen del Carmen, los muertos ya venían a lomo de mula, habían logrado pasar las avanzadas para llegar puntuales al cementerio antes de reventar por el calor propio de estas selvas tropicales.

 

            Propios y ajenos acudieron a la cita haciendo suyo el dolor ajeno y como siempre los niños cortaron las flores del vecindario para vestir los improvisados cajones de la marcha fúnebre hacia el cementerio, con un coro de beatas, el cura hizo su único entierro hace algo más de un año antes de que lo desplazaran de San Pablo.  En esta ocasión hubo tiempo para sepultar los cadáveres, como también para que los pobladores recogieran cuanto coroto o cachivache tuvieran para llevarlo a una caleta o a un cambuche en la montaña.

 

            Mientras la incertidumbre crecía, arreciaban los combates en El Paraíso, Aguas Lindas, y No Te Pases.

 

            Ya llegada la noche del 20 de Julio se vivía una densa calma que fue rota por el llanto de los niños y el caminar de los hombres arriando bestias, ganado o sencillamente familias enteras paradas en las puertas de sus casas esperando la voz de repliegue para salir ordenadamente camino a la selva en donde salvaguardar la vida.

 

            Amaneció y la calma se rompió al igual que una de las líneas de confrontación que tenía la guerrilla, a tal punto que tuvieron que evacuar la Base Gloria y con ellos salió el último vestigio humano de Vallecito.

 

            Los combates arreciaron e irónicamente los ricos colombianos y sus Fuerzas Armadas celebraban el Grito de  Independencia del 20 de Julio con su tradicional desfile televisado, mientras el Sur de Bolívar era nuevamente escenario de la violencia estatal ensañada contra la población a través de un ejército invasor que a su paso solo deja ruina, muerte y desconcierto.

 

            El apoyo aéreo como ya es tradición llegó a tiempo y no sólo se conformó con ametrallar las posiciones guerrilleras sino con hacer blanco contra las humildes viviendas y los refugios de la gente en el seno de la San Lucas.

 

            Vallecito, Corregimiento de San Pablo, Sur de Bolívar, enclavado en las estribaciones de la Serranía de San Lucas y bañado por las aguas del río Santo Domingo, fue fundado por colonos santandereanos, antioqueños y boyacenses, además de los nativos del lugar, hace alrededor de 30 años30 años de vida de un poblado echados a pique, 30 años de trabajo esfumado como el humo producto del incendio de más de 45 viviendas de un total de 50.

           

            Cincuenta familias lo perdieron casi todo, menos la vida, más de 600 millones de pesos en pérdidas, único patrimonio de sus pobladores, quedaron reducidos a cenizas por la barbarie, la demencia y cobardía de las hordas paramilitares. Barbarie a la que no escaparon los cerdos quienes fueron quemados y tasajeados vivos, los patos que alegraban las charcas de las calles fueron decapitados y sus cabezas colgadas de los marcos de las puertas y de las astas de los ventiladores. ¡Ah! Pero también hay que hablar de las gallinas de Doña Juana las cuales fueron despresadas vivas y esparcidas en el poblado.

 

            Así fue el macabro paisaje de aquel 22 de julio, calles llenas de envases desechables de cerveza y gaseosa, ropas, electrodomésticos, ollas, herramientas y juguetes que entre otras cosas quedaron esparcidas como un tapete de muerte y dolor sobre la tierra.

 

            Casas de las cuales solo quedaron las cenizas y las latas retorcidas como testimonio de la infamia contra una población, donde hasta los burros y las pollinas que se paseaban por los solares, se replegaron a diferencia de un perro que se quedó echado sobre las cenizas humeantes de la vivienda de su amo. Una gata que justo por esos días parió unas crías sorpresivamente se salvaron del abrazo del fuego paramilitar.

 

            Al regresar la gente al poblado la sorpresa fue mayor pues el trabajo de toda una vida se había esfumado de la noche a la mañana y ya el deprimente paisaje, de un poblado puesto patas arriba se sumaba al llanto de las mujeres y niños al ver quemadas sus ilusiones y sus cosas.

 

            Los muertos fueron los únicos habitantes que quedaron para ver la cobardía y ansia de venganza paramilitar que ante el miedo por la fuerte agresividad de las Unidades guerrilleras dejaron el caserío y salieron como ratas destructoras a la huida, como espantadas por un fantasma.

 

            ¿Venganza contra quién? Contra la población civil de este humillado caserío pues el 22 de Julio no murió ningún combatiente guerrillero.

 

            Nuevamente, según la costumbre nos reunimos alrededor de unos 25 adultos, más los niños que jugaban en la calle principal y que arreglaban las tumbas del campo santo, salieron en el mismo recorrido a buscar las flores para Santiago, hermano nuestro, hermano cuajado y graduado por la guerra que murió en combate en El Paraíso, el mismo  día que incendiaron a Vallecito. Pero los chiquillos tuvieron el infortunio de no encontrar las flores porque estas no se salvaron de la quema paramilitar.

 

            Este acontecimiento ignorado por muchos, incluso por los magnates de la radio  RCN y Caracol quienes apenas si lo registraron, mientras cacareaban todas las semanas  en plena campaña con lágrimas de Yamit Amat vertidas en la población de Arboleda Caldas.

 

            Este acontecimiento no pasó inadvertido para los pobladores del Sur de Bolívar y los que quieren la Zona de Encuentro pues a partir de este in suceso se generó un proceso de hermandad y solidaridad entre los pobres de esta región, las que se vienen fraguando y atezando por la inmensa voluntad y ganas de vivir de un pueblo que posee una capacidad de resistencia y una dignidad tan grande como el cielo.

 

Hoy, un año después, las heridas cicatrizan, pero en la memoria colectiva de niños, hombres y mujeres las marcas de una guerra impuesta por un estado terrorista contra una alegre población por el solo hecho de sentirse colombiana y conspirar contra el miedo, buscando la construcción de una nueva Colombia diferente a la que existe.

 

            Hoy, un año después se siguen levantando ranchos, como se levanta la vida cada mañana con el sol de este hermoso y amado Sur de Bolívar, deambulado palmo a palmo por sus Comunidades en Resistencia por la Vida.

 

            Hoy un año después, la esperanza no muere, la vida sigue su curso como las aguas cristalinas del Santo Domingo, buscando la libertad.    

 

 
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